¡No soy señora! Soy señorita…

Hace algún tiempo atrás, en una de mis idas al supermercado, tuve la oportunidad de presenciar un momento bochornoso, no hubo elección pues lamentablemente ya estaba en el lugar, aunque fue cuestión de segundos y tal vez irrelevante para mí y todos los que estábamos aguardando en la fila para poder pagar nuestros productos, estoy segura que no lo fue para el cajero del establecimiento, quien tuvo la mala fortuna de tener en la fila, una persona de aproximadamente unos 35 años, que se sintió ofendida cuando él se refirió a ella.

Estoy segura que alguna vez escucharon la expresión: “La ignorancia es atrevida y el conocimiento, reservado” (Thucydides), y es que a veces parecería que actuamos por instinto, y bueno no quiero ser tan radical sólo estoy tomando una expresión para describir a alguien que con bastante ligereza puede cometer un error y hacer sentir mal a otra persona sólo por no saber el real y verdadero significado de una simple palabra, pero tampoco voy a tirar espinas a quien tal vez empezó el día con el pie izquierdo por alguna razón, ya que a todos nos puede suceder, así que seamos empáticos, principalmente por que la idea de contar esta mi experiencia es únicamente para que juntos aprendamos algo más el día de hoy.

Resulta que cuando la señora en cuestión, se asomó a la caja para pagar sus productos, de manera muy atenta el cajero saludó a la señora precisamente utilizando este término… “señora”, pero aparentemente ella lo recibió como una falta de respeto ya que por lo visto, ella aún se consideraba señorita, y consiguientemente el cajero paso por un momento desagradable e incómodo con seguridad, pero fue algo que no tendría que haber sucedido pues el joven, había cometido una falta sin saberlo, debo decir que tampoco lo sabía yo pero ahí les cuento…

El cajero sencillamente la saludó diciéndole de manera muy atenta, “Buenos días señora, pase usted por favor” a lo que ella le respondió ofendida, “¡No soy señora! soy señorita” por supuesto son segundos de incomodidad pero vaya que es un momento que uno no quisiera pasar.

Después de lo que acabo de compartirles, y consciente de que a más de uno ya le pasó o por lo menos ya lo escuchó en alguna oportunidad, vamos a ver cuál es el origen de la palabra señor (a), su significado y en qué momentos y a quienes se les puede o debe llamar así.

Para ello, es necesario referirnos al “tratamiento” que no es más que la manera correcta de citar a las personas, a quienes les manifestamos nuestro respeto y una especial deferencia en virtud a distintos factores; por ejemplo los tratamientos honoríficos se refieren a la manera que nos dirigimos o tratamos correctamente a las personalidades de acuerdo al cargo que desempeñan, tales como Jefes de Estado o de Gobierno, miembros de la realeza, Ministros de Estado, etc., también podemos llamarlo tratamiento de autoridades, y si deseamos ir más allá, dentro de este tratamiento podemos distinguir el trato personal y el trato epistolar pero es tema para otro artículo.

Hoy no hablaremos del tratamiento honorífico, en esta ocasión vamos a referirnos al tratamiento social, por lo que en esta ocasión consideraremos la palabra “señor” y “señora”.

El tratamiento de señor y señora está reservado únicamente para quienes tienen completo gobierno de sí mismos, que son capaces de gobernarse con buen criterio y amplio sentido común, entre muchos otros, coloquialmente hablando nos referimos a las personas adultas, maduras y que ya dejaron atrás la adolescencia y son personas responsables de sí mismas dentro la sociedad, asumimos que son personas idóneas y correctas en todo el sentido estricto de la palabra.

Llamar señor o señora a alguien, es un tratamiento honorifico “social” que generalmente damos a alguien que no tiene otra forma de trato y por tanto no hay manera de dirigirnos a ella, por ejemplo que sea carente de algún tipo de tratamiento académico, por otra parte, también debemos considerar que en la calle no podemos adivinar el tratamiento adecuado de alguien a quien no conocemos, entonces lo más adecuado es decirle señor o señora, sin embargo es bueno resaltar que una gran mayoría guarda este tratamiento (señor, señora) para las personalidades más encumbradas. Es un término de mucho respeto, es por ello que a un Presidente de la República normalmente se le llama Señor Presidente (cuando no es un trato epistolar), a un Embajador se le dice Señor Embajador, por lo tanto al utilizar como prefijo la palabra señor, enaltecemos a la persona, en este caso a las autoridades.

Hay quienes le dan mayor realce a la palabra “señor” que a un trato honorífico, recuerdo perfectamente las palabras de tío Oscar, quien era escritor, poeta periodista y diplomático nacional, quien sostenía que “Señor se nace… lo demás cualquiera lo hace” y pedía que simplemente se refieran a él como “Señor”.

En el caso de las mujeres, ser señora está determinado por la edad, que normalmente es a partir de los 25 años, pero la mayoría piensa que ser señora depende del estado civil, quiere decir que si está casada recién es señora, por lo que asumo que la dama del supermercado se ofendió cuando por respeto, el cajero le dijo señora sin pensar en su estado civil, en todo caso la apariencia también juega un rol muy importante, y es posible que la dama en cuestión haya aparentado mucha más edad de la que tenía, por lo que tal vez deba auto evaluar su imagen personal y tener mayor cuidado.

Es evidente que una dama menor a la edad mencionada es señora si está casada o es mamá.





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